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Naranjas

Juan Felipe Arroyave

                     

A Leidy Ramírez y Yudy Duque 

Las ollas y la botella de claro chocaron dentro de la mochila y le hicieron perder el equilibrio. Se detuvo en seco para reacomodar las correas y su padre lo esperó descansando el azadón en la tierra negra, fertilísima, del valle. Adelante cruzaba el río partiéndolo todo por la mitad. Más allá se retorcía el camino precario que subía, enfangado, hasta la corona de las montañas.  

“Está melo pa pescar hoy”, comentó Toño desde adelante.

El padre asintió, contemplando distraído al niño.

Rodearon el potrero donde pastaba el ganado encerrado. Caminaron en silencio por la orilla hasta el punto donde se estrechaba el río. Aplastaron los juncos con las botas, y el padre se montó al niño sobre los hombros para vadear al otro lado.

Llegaron con el sol a la parcela que les habían indicado. En el piso encontraron tirado en un montón el alambre de púas y los estacones mohosos con que debían delimitar la cuadra. El padre estudió el campo con expresión preocupada y se ató un pañuelo rojo alrededor del cuello. “Vea pues”, le dijo a Toño. “No fueron capaces ni de desherbar primero.”

Toño asintió con un suspiro. “Está maluquita la cosa”, dijo, sacando la peinilla de la funda.

Los hombres se doblaron sobre la hierba húmeda y empezaron a blandir las herramientas. El niño los vio trabajar en silencio un rato, sentado sobre los estacones.

“Pa, ¿le ayudo?”, ofreció.

“Quédese ahí, m’hijo.”

“Si usted quiere yo le ayudo.”

El padre se detuvo bruscamente. “Que no hombre. Quédeseai.”

El niño se echó hacia adelante y apoyó la barbilla entre las manos. Sobre su cabeza, en dirección al río, volaron en fila la oropéndola, el sirirí, el mielero.

Los dos forasteros llegaron del otro lado del potrero. El niño los notó recién cuando dejó de escuchar el sonido afilado de los machetes; traían uniformes militares, con una banda  roja y negra atada al brazo. No caminaban en botas de caucho como su padre o Toño, sino de cuero.

“Buenas”, dijeron los forasteros.

“Buenas”, respondió el padre.

“¿Ustedes qué están haciendo acá?”, preguntó uno de los forasteros.

“Nosotros aquí trabajando. ¿Y ustedes?”

 Los forasteros se miraron con gravedad. “A ver, haga el favor de sacar los papeles”, le ordenaron.

“No los tengo aquí.”

“¿Usted es Gonzaga, no cierto?”

“No.”

“¿Qué no? Diga la verdad.”

“Que no hombre, yo no soy ningún Gonzaga”, dijo el padre subiendo el tono.

El niño se acercó y se abrazó a su pierna. Toño estaba lívido, mirando hacia ningún punto en particular con la boca entreabierta.

“Don, ¿esas pistolas son de verdad?”, le preguntó el niño a uno de los forasteros.

“Sí”, respondió el hombre llevándose instintivamente la mano a la cintura.

“¿Ustedes son policías?”

El padre se agachó, impaciente. “M’hijo, vea, ¿por qué no se va mejor para la casa y me trae la cédula pa poder mostrársela a estos señores?”

Los forasteros se miraron nuevamente.

“Pa, pero qui—”

El padre le apoyó la mano en la espalda, empujándolo con suavidad. “Uy pues, ligerito. Dígale a su mamá que me haga el favor de mandarme la cédula”.

El niño se alejó dos pasos. “Pa, ¿y me llevo la losa?”, preguntó, dándose vuelta.

El papá lo miró con severidad. “Andá pues culicagado. ¡Desobediente!”, le gritó. El niño lo miró confundido; reparó por última vez en los forasteros y echó a caminar hacia el río.

Buscó sin éxito un paso entre los cañaduzales. Se metió entre el matorral con una mano apretada contra el pecho; buscó a su espalda el lugar donde se habían quedado Toño y su padre con los forasteros y dio, finalmente, un par de pasos temblorosos dentro del río. El agua helada le llenó las botas y empezó a halarlo, y el niño, aterrado, regresó tropezando hasta la orilla. Miró un rato la corriente, con el ceño fruncido y la mano agarrada al cuello de la camisa, y dio media vuelta.

En la parcela ya no estaban su padre, ni Toño, ni los forasteros. La mochila con la losa estaba ahí, y también el azadón. Encontró los machetes más adelante, con la hoja clavada en la tierra. El niño miró alrededor y se abrió camino entre la hierba, que se le pegaba a los muslos húmedos. “Pa”, llamó en voz alta, dando una vuelta sobre su propio eje. “Apá”, insistió con más urgencia. Sintió de repente el piso encharcado, pegajoso; se plantó bien y apartó la maleza con las manos. Bajo las ramas reconoció el patrón a cuadros de la camisa de su padre. El torso estaba hecho un nudo sobre el suelo, con las manos amarradas con cabuya tras la espalda. Alrededor del cuello tronchado quedaban todavía hilachas del pañuelo rojo. El pasto, la tierra, las manos y las piernas del niño se embarraron de sangre oscura.

Se tiró de cabeza al río. La corriente le arrancó la mochila de la espalda y lo arrojó contra una roca en el medio del cauce. El niño se aferró a la piedra y la escaló hasta la superficie; saltó tan lejos como pudo y chapoteó hasta el otro lado, con los codos y las rodillas amoratados. Intentó correr a través del potrero pero el caucho húmedo de las botas le pelaba los tobillos. Las vacas se apartaron y él pasó muy despacio, cojeando y llorando a gritos, hasta el alambrado de la finca.

Entró por la cocina. Su madre estaba partiendo unas naranjas sobre la repisa, de espaldas a la puerta.

“¿Qué pasó?”, preguntó sin mirar. La boca del niño se retorció.

“¿Qué fue, hombre?”, insistió la madre volviéndose hacia él, irritada. El niño no pudo responder.

La madre le dio la espalda. Suspiró y se agachó hacia el costal.

“Cuando se calme, vuelve y me cuenta”, dijo, cortando la naranja al medio con un golpe seco.